Asociación  Internacional de Literatura y Cultura  Femenina  Hispánica

Facilitator: Prof. Zulema Moret

XIX Congreso de la AILCFH
octubre de 2010
Quito, Ecuador


Tijera
por Blanca Rivadeneira Kingman

Ojos sin párpados
Para que entren los dedos de Dios

Entre tus piernas se corta el aire
-te conozco tanto tiempo –
No has parado de rasgar
por mi piel dejas huellas
Abres tus piernas
no es para parir

en mis huesos líneas rectas
Tus cuchillas no esperan
que la piel se destemple
soy tu tela preferida
me quedo con los retazos
Puntadas que me aprietan unen varios caminos
Con tu boca insaciable nunca puedes llenarte
Metal frío con mi piel te has metido


Aguacate
por

Blanca Rivadeneira Kingman

Guayllabamba era un lugar de paso y de muerte.
Los jinetes se lanzaban a todo galope llevando sobre sus sombreros una malla para que el mosquito aterrice y no pique. En esta tierra árida mi abuelo pasó décadas saneando la malaria, el paludismo.
Cuando empezó de nuevo la vida y la tierra subió su precio, mi abuelo hizo una quinta aguacatera.
Yo era la reina de los aguacates, tenía un árbol bautizado con mi nombre.
No había aguacatero en la finca que no sirviera de casa, escondite, club o palo de equilibrio.
Con mi abuela llenábamos  los costales y costales de verdes duros y opacos aguacates. Los vendía en el mercado y los más hechos se quedaban encerrados en papel periódico hasta que cedían.
Era la fruta más horrible que me podían ofrecer. Ni siquiera era una fruta, no sé cómo llamarla. Era verde, se come con sopas, con chocolate puede explotarte.
Abracé muchos árboles y eran los mejores recuerdos de cuando era guagua.
Recién murió mi abuela y cada vez que pruebo un aguacate sólo sé que es mío.


El ritual de la fiesta
por Clara Román-Odio

El día del sábado, temprano, comenzaba el ritual de la fiesta. Escogía la carne, los dulces y los salados, las hierbas para reducir el vino de donde saldría una salsa a veces amarilla brillante de azafrán, a veces blancuzca de marañón y hongos. Sus robustas manos sobaban la carne lustrosa con aceite y ajo y luego, delicadas, picaban en trozos minúsculos las cebollas, los chiles, el tocino, los tomates y el culantro del sorito. Lo acompañaba con canciones, ua copa de vino y la conversación entretenida de las mil y una noches de historias. La hechura nos llevaba despacio por la experiencia del proceso mismo que tanto deleita. Ahí, en ese espacio desplegándose, hacemos la vida; espacio extendido y sin tiempo, hasta la hora de poner la mesa. Pasamos platos, sonidos de cubiertos y manteles extendiéndose, movimientos encontrados, los cuerpos se baten en medio de la cocina.

Sentados a la mesa nos gozamos de estar juntos, Mauricio, que ha cocinado todo el día sin probar nada, mago de los alimentos, se sienta al fin. A su lado, las niñas, Camila y Catalina, con la loca alegría que les provoca la comida, la husmean y la comentan. Un círculo de manos que oran la oración de gracias por todo lo vivido en el amor.

Degustamos la fiesta, e manjar que han hecho las manos fuertes y delicadas de Mauricio.


24-Horas
por
Clara Román-Odio

(Basado en 24 horas en la vida de una mujer)

Me levanto antes del amanecer
A beber del silencio, la quietud y la apenas luz

Quieta, comulgo con el deseo
los pensamientos
el corazón
Dios.

Luego a despertar tibios retoños
olorosos, pacíficos;
a correr: café, desayunos, mochilas, besos a la ligera
y adioses.

Calzarse y vestirse para la jornada.
Con tacones altos y un toque de rojo en los labios
Leemos el poema, salimos al encuentro de las ideas.

Ligero, por los pasillos, caminos de tiempo medido
como un tambor.

Apago, quito, cierro puerta para el regreso.

La llegada a casa, la multitud de historias mientras
la cebolla
el tomate
las hojas verdes de la albahaca
se cocinan con los números de la tarea.
La pelota de soccer nos espera.
Salimos. Corres mientras termino el poema.

Cae la noche, el deguste de la cena compartida.
Molida, como molida a palos,
Me enrosco en la espalda tibia de mi amado
Y con el tambor
Me duermo.


Veinticuatro
por María Cristina Arboleda Puente
http://www.mejuegolaboca.blogspot.com

Dormí muy mal y
encima,
el agua helada.
Sí, sí.
Es el viento o que ya no hay gas o la mala suerte.
¡El puto calefón!

Ponerse cualquier cosa.
Mirarse esa panza que crece
y crece
y qué pereza.

Me seco los pelos,
me lavo los dientes
y a la calle…

Una hora de maltrato, de oprimirse,
de aplastarse,
de olerse,
de volverse uno con todos.
El transporte público siempre es una tortura.

La agenda:
1. Entrevista a la madre-que-además-de-ser-madre-también-juega-fútbol.
2. Reportería: nuevos tratamientos para que las uñas no se caigan por el detergente.
3. Y escribir algo, a cualquier hora, pero algo.

De vuelta a la jaula.
El perro.
La madre.
Un libro, y siempre el mismo ritual:
mirarse al espejo, a solas,
la panza sigue ahí,
ahora se ve peor, por el cansancio.

Una camisa, un pantalón.
Agua en la cara,
espuma en la boca.

Él y yo a la cama
(o sea, mi perro y yo)

Y, adiós.


Planetario
Por Ana María Díaz-Marcos

Sólo una escuela puede oler de esa forma. Tiza, papel, polvo, champú, sudor tibio e inocente, plastilina, minas de grafito, calcetines de hilo, cola fuerte, humedad de un patio simulacro que era patio con musgo porque nunca salíamos. Lluvia, paraguas, cuadernos de puntos, la escuadra, el cartabón, madera caliente.

Dar la lata para que te compren los libros en julio y querer ir a la escuela en verano. Qué niña más rara. Abrir los ojos para ver mejor las ilustraciones, los héroes patrios: el Cid, Guzmán el Bueno, los Reyes Católicos, Colón cristianizando indios herejes.
El mapa del mundo, líneas del Trópico de Taurus para fantasear con distancias imposibles. El lugar más lejano que podía pensarse era el pueblo de mi madre, aunque los libros dibujaban el Polo Norte y teníamos barajas con parejitas hindús y esquimales y nos compraban conguitos de cacahuete con el envoltorio de un negrito que llevaba un hueso en la cabeza. Hacíamos donaciones al Domund para los pobres niños de África, pero también era verdad que no teníamos otros cuadernos que aquellos naranja butano con animales prehistóricos. Casi no se podía creer que hubiera lápices con dos puntas o bolígrafos de cuatro colores y los fluorescentes eran ciencia ficción.

Abrir los ojos para ver los mapas, para ver Saturno, los árboles de hoja caduca, las esporas, herbolarios. Hacer los deberes, forrar los libros, levantarse a las cinco para preparar un examen. Qué niña más rara. Escribir cuentos cursis con doce años y que la tendera del barrio pontifique que el genio no se hace, nace. Leer libros de los cinco. Descubrir que ahora hay papelería de tantos colores y texturas. Hay helado también en invierno. Generalmente se sale al patio. Hay calefacción y no carboneras.
De todo ello queda una obsesión compulsiva por regalar libretas, lápices bonitos, aceites esenciales. Los objetos más diminutos y refinados. Pero no logro quemar el cuaderno naranja porque allí dibujé mi primer incendio y luego palotes y después letras.
Cada tarde me acerco a su habitación a ver el póster del sistema solar y los planetas. Para ver Saturno, las esferas, una elipsis, meteoritos, estrellas fugaces. Abrir los ojos. Finalmente tengo un cuarto sin fronteras, con imágenes del universo, carteles brillantes en tres dimensiones. Los lápices huelen a fresa y los blocs llevan tapas floridas. Ahora mi otra infancia es tecnicolor. Tal vez le estoy robando la suya y ella preferiría un acuario, algún paraíso submarino habitado por tiburones-ballena o peces abisales.

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